Después de casi tres años del lanzamiento del excelente Ágætis byrjun, los cuatro músicos de Islandia deciden retomar todas esas antiguas canciones que solían tocar en conciertos para crear un disco no tan “variado” como su trabajo anterior, pero igualmente profundo y a determinados ratos estremecedor.

El álbum está compuesto de ocho finas canciones, las cuales están divididas en dos segmentos –aludiendo al concepto de paréntesis que es la plataforma del compacto-: las primeras cuatro pistas -“Untitled #1” (“Vaka”), “Untitled #2” (“Fyrsta”), “Untitled #3” (“Samskeyti”) y “Untitled #4” (“Njósnavélin”)- se fluyen en una línea de tonos ligeros y optimistas. En cambio los últimos cuatro -“Untitled #5” (“Álafoss”), “Untitled #6” (“E-Bow”), “Untitled #7” (“Dauðalagið”) y “Untitled #8” (“Popplagið”)- tienden a formar un clima más abatido y melancólico.

Temas tan preciosos como “Samskeyti” (anexo) o “Vaka” (nombre de la hija del baterista) representan el lado más dulce del compacto, además, este último es el más conocido del LP, pues es el único sencillo que se promocionó. El costado más poderoso se concentra en las intensas “Popplagið” (canción pop) y “Dauðalagið” (canción de la muerte), las dos últimas tonadas del álbum que proponen invadir las impresiones emocionales conceptuando la angustia y la ira en un sólo gris.

Los emotivos tonos de voces, aglutinadas a las letras escritas en idioma “hopelandish” que emite el vocalista Jón Þór Birgisson, se mezclan con los atmosféricos sintetizadores, los penetrantes efectos ambientales de las cuerdas eléctricas y las suaves melodías hechas a piano simple que el sorprendente músico Kjartan Sveinsson deja pulsar en nuestro interior. Pero este resultado no sería el mismo si el bajo de Georg Hólm no marcara pasivamente en la miscelánea de estruendos que se hacen presentes en cada épica pista, formando una base casi hipnótica junto a los juegos rítmicos de bombo y platillo (mayoritariamente) que el baterista Orri Páll Dýrason otorga casi por detrás de todo el complemento gaseoso de mágicos pasajes celestes, dando origen a una delicada potencia ancestral, difícil de encontrar en cualquier disco… o en cualquier banda.

Gran disco que se goza el doble si se escucha relajado en un sillón con audífonos gigantes, un cigarrillo en una mano y en la otra, la mano de esa persona que de alguna forma sientes que te cuida… mientras lentamente cierras tus ojos.

Por Sebastián Chávez Peña

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